Viento
El viento se define como una corriente de aire producida por causas naturales en la atmósfera. Sin embargo, desde la antigüedad, el viento ha sido interpretado y vivido desde muchos otros ámbitos, trascendiendo su significado estrictamente físico. En la cosmología grecorromana formaba parte de los cuatro elementos de la naturaleza y estuvo representado por numerosos dioses. Ha sido una palabra recurrente en la literatura y la poesía, utilizada para expresar estados de ánimo y emociones.
Más allá de estas visiones simbólicas y de la ciencia que lo estudia, como es la meteorología, las comunidades rurales construyeron, generación tras generación, un profundo conocimiento empírico del viento y del tiempo atmosférico. A partir de la observación directa, de la experiencia acumulada y de la transmisión oral, se desarrolló una auténtica cultura del viento, fundamental para interpretar y prever los cambios meteorológicos. Estos saberes no eran universales, sino necesariamente locales, adaptados a las características de cada territorio.
La predicción del tiempo se basaba en la observación cotidiana del cielo, de las nubes, de la humedad del ambiente y del comportamiento del aire. En ocasiones, este conocimiento se complementaba con instrumentos populares como el higrómetro conocido como «el Fraile del Tiempo» o con publicaciones muy difundidas como el «Calendario Zaragozano». La interpretación correcta del viento era esencial para anticipar el tiempo de los días siguientes y, en consecuencia, para planificar las tareas agrícolas y ganaderas.
En cualquier pueblo era común encontrar grupos de espontáneos oteando el cielo y especulando sobre los aires, que bien podían estar en la plaza mirando la veleta del campanario, en la era con la parva preparada para aventar o en el campo a punto de recoger el pipirigallo seco para guardarlo en la cambra. No eran conversaciones de esas vacías cuando no se tiene tema de conversación y se recurre al tiempo. De su observación y sus conocimientos dependía acertar en los trabajos del día o de temporada. Saber interpretar el viento permitía anticipar si traía o alejaba tronadas y granizadas, anunciaba lluvias abundantes en otoño o secaba el ambiente y la mies cuando venía de tierra adentro. Incluso su ausencia, acompañada de un helor especial, anunciaba esa nevada que obligaba a cerrar los ganados y refugiarse en las casas.
Como se ha señalado, esta interpretación era siempre local. Un ejemplo lo encontramos en Pina de Montalgrao, en la parte alta de las cuencas del Palancia y del Mijares, donde se distinguían cinco aires principales: i) poniente, que pocas veces traía agua y que en verano era un aire caliente y seco, responsable de las conocidas «ponentadas»; ii) cierzo, frío, helado y cortante en invierno: «el cierzo que viene de Javalambre, el que no se muere de sed, se muere de hambre»; iii) tortosano, que solía venir acompañado, sobre todo en otoño, de temporales de lluvia persistente durante varios días: «tortosano ni en invierno ni en verano»; iv) mareta, nombre bello y suave para designar el aire de levante que llegaba en las tardes de verano; y v) el morisco, más esporádico, que en ocasiones traía lluvias acompañadas de polvo o tierra.
La variedad de nombres de los aires es muy rica dependiendo de cada zona y sus características. Si nos adentramos en Aragón encontraremos, además de «cierzo», otras denominaciones como «bochorno», «falagüeño», «morellano», «solano» o «garbacho».
Sanchis Guarner recoge en Els vents segons la cultura popular (1952) una canción de Vinaròs:
Sols voldria ser un moment, | ponent; | si el ponent té massa foc, | xaloc; | per arribar més enjorn, | migjorn;| si el migjorn té massa sal, | mestral; | per ser més fresquet i fi, | garbí; | i si el garbí és massa lleig, | llebeig. | Donaria un potosí | només per tornar-me, un poc, | ponent, migjorn o garbí, | llebeig, mestral o xaloc.
Toda una riqueza léxica y de conocimientos que cambia de una comarca a otra, incluso de una localidad a otra. «Aire de Chóvar», se dice en el vecino pueblo de Ahín; la denominación «morellano» está muy extendida, incluso en zonas más alejadas como l’Alcora o Llucena; «regañón» o «vecarrón» en el Rincón de Ademuz; «alicantí», «xativí»; etc. Y si nos trasladamos al extremo sur del país, en la Algueña nombran los vientos de los lugares cercanos de donde vienen: «del Pinós», «del Cabeço» o «de Casas Martínez», entre otros.
Son solo algunos ejemplos de la gran riqueza cultural ligada a unos saberes tradicionales. Un patrimonio que debemos documentar y conservar. Un legado repleto de matices y variedades comarcales que contrasta con la simplificación actual; el conocimiento del tiempo se reduce a consultar una aplicación en el teléfono móvil, perdiendo la relación directa con el entorno.
Hablar del viento hoy conduce inevitablemente al ámbito de la producción de energía. Ya hace años que unos molinos gigantes metálicos pueblan algunos de nuestros paisajes y esto es solo el principio. Es cierto que el aprovechamiento del viento no es algo nuevo en nuestro territorio. Existen algunos ejemplos de molinos de viento tradicionales utilizados para moler cereal, como los de Alcublas, del siglo xvii; los de Les Planes en Xàbia, entre los siglos xiv y xvii; o los de Gátova y Puçol.
El desarrollo actual de la energía eólica, impulsado por la llamada transición energética, plantea nuevos retos. La proliferación de grandes parques eólicos transforma profundamente el paisaje, tanto por su tamaño como por su concentración. Además, los modelos que se están imponiendo en su implantación (por mucho que se hayan querido vender como beneficiosos para el resurgir de los pueblos en su lucha contra la despoblación) son discutibles, ya que los beneficios económicos no repercuten de manera significativa en las comarcas donde se instalan, sino que se concentran en grandes inversores externos. El reto de futuro consiste en encontrar fórmulas que permitan aprovechar el viento de manera sostenible, generando riqueza y bienestar para la población rural y respetando los paisajes. Así como en recuperar y valorar los saberes asociados al viento como parte del patrimonio cultural de la ruralidad.


