Trufa
La trufa ha formado parte durante generaciones de la cultura y de la economía tradicional de nuestro territorio, fundamentalmente ligada a su recolección, pero no a su consumo habitual por parte de la población local.
La trufa negra (Tuber melanosporum) es un hongo subterráneo comestible del género Tuber que vive en simbiosis con las raíces de determinados árboles y arbustos, como carrascas, robles, coscojas y avellanos. Esta estructura entre el hongo y la planta se denomina micorriza y constituye la base de su desarrollo. Como resultado de este proceso, el hongo produce su cuerpo fructífero, que es lo que conocemos comúnmente como trufa.
Los primeros estadios de la trufa negra se inician generalmente en primavera. A lo largo del año, los cuerpos fructíferos se desarrollan bajo tierra hasta alcanzar su maduración con la llegada de los fríos del otoño y el invierno. Es entonces cuando la trufa desprende su característico aroma y puede ser recolectada, normalmente entre los meses de noviembre a marzo, gracias al uso de perros adiestrados capaces de detectar su presencia bajo el suelo.
La búsqueda de la trufa ha sido históricamente una actividad ligada al profundo conocimiento del monte y al trabajo paciente. Para localizarla, los truferos han contado tradicionalmente con la ayuda de animales adiestrados, especialmente perros. La recolección se realiza con herramientas sencillas pero específicas, como el machete trufero, con el que se extrae cuidadosamente la trufa sin dañar el terreno, y el zurrón o morral, donde se guardan las piezas recolectadas.
Antes de la generalización del uso de perros, la localización de trufas se realizaba mediante la observación de la mosca de la trufa, un pequeño insecto que se posa sobre el terreno donde se encuentran los ejemplares maduros. Los truferos, atentos a estos movimientos, identificaban el lugar exacto y procedían a la extracción manual.
De forma demostrativa y divulgativa, especialmente en ferias y eventos, se han llevado a cabo también experiencias singulares de recolección con jabalí, como es el caso de la jabalina Cochi y su dueño Agustín de Pina de Montalgrao.
Durante décadas, la trufa se recogía principalmente en el monte, en las llamadas truferas naturales, y su comercialización seguía pautas bien establecidas. En nuestra zona, era tradicional venderla a los compreros los sábados por la tarde en la Estación de Mora, que funcionaba como espacio de encuentro, intercambio económico y transmisión de saberes entre recolectores. Este mercado tenía, además de su función comercial, un marcado carácter social.
En la actualidad, aunque el mercado de la Estación de Mora continúa celebrándose, gran parte de la venta se realiza directamente desde las casas de los productores. Los compreros siguen adquiriendo allí la trufa, que en su mayoría se destina a Francia, desde donde se distribuye posteriormente a otros países. Paralelamente, ha cobrado mayor importancia la venta directa al consumidor final a través de mercados locales y circuitos cortos de comercialización, reforzando el vínculo entre productor y territorio.
Con el paso del tiempo, muchas truferas naturales han ido desapareciendo y la trufa ha pasado a obtenerse mayoritariamente mediante cultivo. Este cambio ha supuesto una adaptación de los saberes tradicionales a nuevas técnicas de manejo, como el laboreo del suelo, el riego en determinados casos, la poda de los árboles y la realización de los llamados nidos: pequeños hoyos alrededor de las raíces donde se aporta sustrato y esporas de trufa. Estas prácticas combinan conocimiento científico y experiencia transmitida, asegurando la continuidad de una actividad profundamente ligada a la identidad rural y al paisaje cultural del territorio.
La trufa negra es hoy altamente valorada en gastronomía por su aroma intenso y complejo. En ella pueden apreciarse notas de tierra húmeda y bosque, mar, madera, avellana y otros frutos secos, así como matices de cacao, café y tostados, junto a recuerdos de setas, cuero, mantequilla u oliva negra, entre muchos otros. Este aroma se intensifica cuando la trufa está completamente madura y se libera especialmente al rallarla o laminarla, razón por la cual se utiliza en pequeñas cantidades, suficientes para aromatizar por completo un plato.
Así, la trufa negra representa mucho más que un producto gastronómico de alto valor: es el resultado de un conocimiento transmitido de generación en generación, de una estrecha relación entre el ser humano y el monte, y de una actividad que ha sabido adaptarse al paso del tiempo sin perder su identidad. Al mismo tiempo, se ha consolidado como un cultivo relativamente reciente, basado en la aplicación de la ciencia y la tecnología, que genera riqueza, empleo y nuevas oportunidades en el medio rural, contribuyendo al asentamiento de población y al mantenimiento de un paisaje vivo y gestionado.


