Sequía
Sequía, uno de los grandes miedos del mundo rural. Una amenaza constante en el clima mediterráneo. Hay otras: la granizada, la helada, la inundación, la nevada. Pero estas llegan de golpe, en ocasiones casi sin aviso; son cortas, intensas, de efectos inmediatos; una bofetada en las expectativas y los afanes rurales. Son tan súbitas que convocan la reacción, aunque sea desesperada, más simbólica que eficaz: retirar barro, palear nieve, tal vez podar. La sequía es un letal abrazo, lento y prolongado. Avanza paso a paso, anunciando claramente que se acerca: «Ya lleva muchas semanas sin llover… Si esto sigue así, ¿qué pasará?… Tal vez en los próximos días llueva». Deja tiempo, si algo le sobra a la sequía es tiempo, para imaginar qué puede ocurrir, para imaginar lo peor. Y lo peor se va confirmando día a día en el agostamiento de los cultivos, en la tierra reseca y polvorienta, en el magro caudal de las fuentes que se encoge aún más, en las dificultades para abrevar el ganado o regar las huertas.
Para la Real Academia Española la sequía es un «tiempo seco de larga duración». La falta de precipitaciones y su duración definen la sequía o seca. Conviene distinguir entre la sequía climática o meteorológica, con precipitaciones por debajo de la media anual; y la sequía hidrológica, cuando las reservas de agua en ríos, lagos, acuíferos y embalses se hallan por debajo de la media habitual del período de referencia. En el mundo mediterráneo, además, no deben confundirse aridez y sequía. La aridez estival es una característica estructural del clima, con un verano cálido y de escasas precipitaciones que, por otra parte, es el puntal del turismo de sol y playa. La sequía es algo eventual, un episodio temporal más o menos largo. La sequía tiene duración e intensidad. Este es el mayor o menor porcentaje de descenso de lluvias o reservas respecto a la media de referencia. La duración es más determinante ya que multiplica los efectos. Al inicio suele estar la falta de precipitaciones, que conlleva la disminución de las reservas y la afección a las necesidades humanas y del medio. El déficit hídrico provoca daños en los cultivos y la vegetación natural; restricciones en el riego de campos y jardines, el consumo humano y animal, los usos industriales y de ocio.
Las sequías tenían un fuerte impacto social, económico y cultural en la sociedad tradicional al provocar carestías, crisis de abastecimiento y episodios de hambruna. Para compensar la aridez y las sequías se construyeron pioneros embalses: Tibi en el río Montnegre (1594), Elda y Elx en el Vinalopó (siglo xvii), Relleu en el Amadorio o el Bosquet (siglo xviii) a los que han seguido otros e innumerables balsas de riego. Se recurría a las rogativas pro pluvia, pidiendo la intercesión de algún santo o una particular devoción de Cristo o mariana. Estas peticiones han dejado un abundante rastro documental, muy utilizado en los estudios históricos sobre el clima.
En el siglo xx destaca la sequía de los años treinta. Otra entre los años 1944 y 1946, que fue convertida por el franquismo en el lema de la «pertinaz sequía», publicitado constantemente para ocultar la falta de políticas agrarias e hidráulicas efectivas. La combinación de sequías y heladas en los años cuarenta y cincuenta, la pésima planificación franquista y la propia crisis del modelo rural, alentaron un éxodo que transformó por completo muchas comarcas valencianas. A principios de los años setenta y, sobre todo, en el periodo 1978-1982 hubo nuevas sequías, que coinciden con los fracasados intentos de cultivo en el marjal de Pego-Oliva. En 1982 fueron necesarias «tandes» restrictivas de riego en l’Horta de València, que no se habían establecido desde la construcción del embalse del Buseo (1915). Es en esos años cuando se detectan con claridad los problemas de salinización de acuíferos costeros debido a la sobreexplotación. Otros períodos de seca reciente han sido 1992-1995 y 2014-2019. La crisis climática no parece haber disminuido las precipitaciones, pero sí ha modificado su distribución. Llueve en un menor número de episodios, por tanto, con mayor torrencialidad y riesgo de inundaciones.
Hoy en día se cuenta con embalses, trasvases y una gestión del agua que palían los efectos de la sequía. Sin embargo, sigue habiendo conflictos por el agua, ya que el aumento de la demanda puede superar las reservas disponibles… pero eso no es una sequía. La demanda de los espacios rurales tradicionales no ha crecido apenas. Pero los consumos vinculados al turismo, a las nuevas formas residenciales y a la extensión de los regadíos se han disparado en los últimos decenios. La media de consumo de agua por persona y día en España es algo inferior a los 150 litros, pero las «ludociudades» y áreas turísticas llegan a los 200 litros por persona. El omnipotente turismo necesita más y más agua para beber, limpiar, llenar piscinas, proveer campos de golf y parques de ocio. Las viviendas unifamiliares multiplican la extensión de la red de distribución de agua con las consiguientes pérdidas. En las comarcas meridionales se combinan los nuevos regadíos con una creciente urbanización, buena parte de ella turística. Pero el País Valenciano sigue siendo un territorio mediterráneo en un contexto de creciente crisis climática. Los conflictos en torno al trasvase Tajo-Segura y el proyecto de trasvase del Ebro se enmarcan en las contradicciones de una sociedad que pretende crecer ilimitadamente en un territorio con límites, uno de ellos el agua disponible.


