Roble
Los robles son las especies de hoja caduca del género Quercus, los árboles y grandes arbustos productores de bellotas, para los que suelen venirnos antes a la memoria las especies de hoja perenne, más abundantes y que habitan a menudo en zonas más bajas (carrascas, alcornoques o coscojas).
Los robles están representados fundamentalmente por dos especies en la zona valenciana, ambas propias de media y alta montaña, sobre todo en umbrías. Uno es el quejigo («galer», «gal·ler» o simplemente «roure» en valenciano), de hojas pequeñas de color verde intenso con borde aserrado, que vive sobre suelos preferentemente calizos. El otro es el melojo («reboll» en valenciano) de hojas mayores, grisáceas, lobuladas, de tacto aterciopelado, que vive en afloramientos de rodenos de alta montaña en Penyagolosa, la sierra de Espadán, el pico de Santa Bárbara de Pina de Montalgrao y el monte del Picarcho en Tuéjar y Sinarcas. El apelativo «rebollo» se usa indistintamente para ambas especies, aunque es más habitual para el melojo.
Estas especies de robles son «marcescentes», es decir, sus hojas no caen inmediatamente al suelo en otoño tras marchitarse, sino que permanecen secas sobre el árbol algún tiempo, hasta que el viento y la lluvia invernales acaban por tumbarlas. Suelen poseer agallas, cuerpos esféricos leñosos pero livianos que aparecen sobre las ramas y que realmente corresponden al nido de un grupo de insectos, cuya picadura produce esa malformación característica. Antiguamente se recolectaban para usar como ornamento o como improvisados juguetes infantiles.
Los robles son árboles que pueden alcanzar gran talla y robustez, produciendo una de las maderas más nobles y apreciadas tradicionalmente para la carpintería y para labores industriales, para la construcción y para la fabricación antigua de barcos. Se estima que gran parte de esos bosques valencianos fueron talados en los siglos xvii y xviii para formar parte de las flotas de guerra, como la célebre Armada Invencible. Además, fueron y siguen siendo una fuente importante de combustible vegetal doméstico, y en el pasado las ramas podadas se usaban para fabricar carbón vegetal, en carboneras de las que aún quedan restos en nuestros montes.
Debido a su riqueza en taninos, las maderas, cortezas y hojas de los robles se han usado con fines medicinales (como refortalecientes y astringentes), como curtientes e incluso para la obtención de tintes vegetales.
Allá donde crecen, los robles forman parte de la idiosincrasia e identidad locales, apareciendo en muchos topónimos (a menudo, incluso, en sitios donde ya han desaparecido). Pertenecen a estas especies, sobre todo al quejigo, muchos árboles monumentales, como ocurre con el conocido «Abuelo» de Cortes de Arenoso, para el que se ha estimado una edad no inferior a 600 años, o el majestuoso conjunto del quejigar-carrascal del Barranc dels Horts en Ares del Maestre, con docenas de ejemplares multicentenarios como el «Roure Pare», el «Roure de la Roca», etc. En la provincia de Alicante destaca por su vistosidad y su cromatismo otoñal el quejigar del Pla del Galer, en el corazón del parque natural del Carrascal de la Font Roja, uno de los bosques con menos intervención humana multisecular en la Península Ibérica.
Los robles son, ante todo, símbolos de la robustez y la majestuosidad que pueden alcanzar los árboles, y, en tanto esos valores se asocian con la buena salud, han pasado a formar parte de frases hechas que aún utilizamos, como la de «estar sano como un roble». La realidad, sin embargo, es que muchos de nuestros robledales sufren periódicamente el embate de plagas y enfermedades, cada vez más abundantes, y que probablemente podemos interpretar como un síntoma más del cambio global.


