Montaña
El poeta Joan Vinyoli ha escrito: «En la vida tostemps, he vist moltes muntanyes». Élisée Reclus, geógrafo francés del siglo xix, insiste: «[La montaña] es un infinito, como lo son todas las cosas para quien quiere conocerlas por completo». Para acercarse a ese infinito, para intentar conocer esa montaña que es una y es muchas, se proponen aquí algunas definiciones…, algunas, puesto que cabrían muchas otras.
Elemento central del mundo mediterráneo. «En primer lugar las montañas», así comenzaba el historiador Fernand Braudel su magistral explicación del Mediterráneo. Las montañas antes incluso que el clima. Las hay por todas partes; llegan al litoral, donde las costas medias y altas predominan sobre las playas; influyen en el poblamiento, los cultivos o las comunicaciones. Han sido escenario y protagonistas de la historia.
La parte principal del territorio valenciano. El ilustrado Cavanilles recorrió el país a finales del siglo xviii y legó un diagnóstico certero: «Por todos los confines del reyno se hallan montañas que dificultan el paso […] los montes y los cerros, que cubren la mayor parte del reyno […] corto es el número de llanuras en el reyno, y aun estas estrechas». El sistema ibérico accidenta el norte y centro del país. Las montañas béticas ocupan las comarcas meridionales con altivas sierras de nombres hermosísimos (Aitana, Mariola, Bérnia, Serrella, Benicadell, Safor) siguiendo la alineación SW-NE hasta penetrar en el mar por Serra Gelada, Penyal d’Ifac, Serra de Toix, Montgó. Las montañas ibéricas y las béticas ocupan aproximadamente un 60 % de la superficie total. Más del 56 % se halla por encima de los 500 m de altitud; más de un 20 % supera los 800 m. Porcentajes que hay que enmarcar en un territorio cuyo litoral supera los 450 km de longitud y cuya población más continental —Castielfabib— se halla apenas a 110 km del mar. También en el País Valenciano «en primer lugar las montañas». Sin embargo, las ciudades litorales y los llanos costeros han polarizado el devenir histórico valenciano, hasta eclipsar del discurso territorial hegemónico las amplias áreas de montaña, convertidas apenas en el «país de detrás».
Una valiosa reserva de diversidad física y biológica. Para las ciencias de la Tierra la montaña se caracteriza por la altitud absoluta; la altura relativa sobre el terreno circundante; las pendientes y la complejidad de sus estructuras. La valenciana es una montaña media de fuerte condicionamiento estructural, cuya máxima altitud son los modestos 1.839 m del Alto de las Barracas (Rincón de Ademuz), pero la proximidad al mar determina fuertes pendientes, una red fluvial encajada y gran diversidad de ambientes. Las condiciones bióticas y abióticas se escalonan y se compartimentan en una gran variedad de unidades menores. Las montañas valencianas cumplen hoy en día relevantes funciones como núcleos de biodiversidad, conectores ecológicos, refugio para especies endémicas, proveedores de servicios ambientales como calidad de las aguas y del aire o equilibrio sistemático.
Un patrimonio paisajístico de primer orden. La variedad territorial y la secular gestión antrópica mediante la agricultura y la ganadería extensivas, a las que han seguido procesos de renaturalización desde mediados del siglo xx, han legado en las montañas valencianas una variedad de paisajes de enorme valor ambiental y cultural. Por cierto, España ratificó en 2007 el Convenio Europeo del Paisaje y lo ha trasladado a la normativa. Pero… ¿Están realmente protegidos los paisajes valencianos?
Un espacio sobre el que proyectar ensoñaciones, mitos o ideologías hasta conformar un constructo social de amplia polisemia. Una corriente de entendimiento de la montaña, de raíz romántica, la entiende como reserva de pureza, fuente de vida y espacio de regeneración. El tímido intento de construcción nacionalista de nuestro país por parte de la Renaixença buscó en las montañas los hitos simbólicos del territorio: «Fill sóc de la que guaiten, com dos gegants captiva / d’un cap Penyagolosa, de l’altre cap Montgó», escribe Querol en su poema «Patria, fides, amor». A las criticadas urbes y a la naciente industria se oponía la montaña, muchas veces revestida con metáforas de fertilidad. Gabriel Miró escribe en el Libro de Sigüenza: «Sierras de Alcoy, sierras ásperas y amontonadas que se hinchan y redondean gruesamente y prorrumpen en un vientre generoso, blando y suave». El entendimiento de la montaña como vida impulsó en su día el inicial excursionismo, las colonias escolares y formas pioneras de ocio en espacios rurales. Hoy se nos presentan los espacios rurales de montaña como idóneos para el ocio regenerador. ¿Solo eso son las comarcas de montaña? Utilizar el medio rural como una pantalla de proyección no es un mecanismo del pasado; algo de eso hay en expresiones como la España vacía o vaciada.
Una obligación constitucional. La Constitución Española dice en su artículo 130: «[a fin de equiparar el nivel de vida de todos los españoles] se dispensará un tratamiento especial a las zonas de montaña». Esta montaña «legal» fue establecida por la Ley de Agricultura de Montaña (1982). Han pasado más de treinta años y cabe preguntarse qué ha sido de aquella esperanzadora política de montaña y si se ha equiparado el nivel de vida. Más allá de un espacio definido administrativamente y obligado a ser objeto de una política específica, las comarcas de montaña son, sobre todo, el lugar de la vida (en su doble acepción de quehacer cotidiano y de intento de dar un sentido a la existencia) de muchas mujeres y hombres. En ellas tienen sus raíces y en ellas quieren tener su futuro.


