Humildad
El diccionario de la Real Academia Española ofrece tres acepciones de humildad. La primera es «la virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento». La segunda acepción es «bajeza de nacimiento o de cualquier otra especie». La tercera es «sumisión, rendimiento». Humildad tiene su origen en el término latino humus, del que deriva humilitas, que significaba algo a ras de tierra, pegado a la tierra, tanto en sentido social como meramente topográfico. Fue el cristianismo quien resignificó la humildad como una virtud. Sin duda el mundo rural está apegado a la tierra a través de las actividades agropecuarias y de la necesaria gestión de amplios territorios. ¿Es esto una bajeza? Algunas actitudes respecto al medio rural así parecen insinuarlo. ¿Se halla sometido o rendido el medio rural? ¿A quién y por qué? ¿Es consciente de sus limitaciones y debilidades? ¿Es esto virtuoso? Preguntas que parecen extrañas pero que pueden motivar algunas reflexiones. Aquí va una.
Desde el último tercio del siglo xix las clases dominantes valencianas desplegaron un discurso territorial que ponía en pie el mito de un país idílico: huertanos felices; agricultores y masoveros contentos con su modo de vida (mera supervivencia, muchas veces) sencillo, humilde, sin aspiraciones. Un país sin comarcas de montaña sobre las que ya se abatía la crisis finisecular. Un país sin tensiones sociales ni trabajadores industriales que pudieran abrazar los emergentes movimientos obreros. La humildad virtuosa y sometida del medio rural era el modelo que debían imitar el proletariado urbano y los obreros industriales para aceptar una «bajeza» de la que la burguesía obtenía buenas rentas. La función política de los imaginarios sociales sobre el territorio sigue aún vigente. Es posible encontrar todavía discursos y políticas rurales que destilan visiones edulcoradas y simplificadoras, al tiempo que transmiten un cierto orden moral. Frente a esta «humildad» impuesta y supuesta, otros prefieren militar en el orgullo rural, tal como proclama desde hace unos años el lema repetido en camisetas, canciones y convocatorias, «Soc de poble».


