Escuelas hogar
En la década de los sesenta, los fuertes movimientos migratorios del campo a la ciudad, el coste económico que suponía mantener abiertas las escuelas de aldeas y pequeños pueblos, y la difusión de una concepción urbana de la educación, en la que la graduación escolar era el modelo ideal, llevaron a implementar políticas de concentración escolar como solución para garantizar la educación en el medio rural.
Las Escuelas-Hogar fueron el eje de la estrategia. Concebidas como centros compensadores de desigualdades que acercaban la educación a los niños que vivían en zonas dispersas y con dificultades para acceder a una escuela pública (Decreto 2240/1965, de 7 de julio), reunieron a niños y niñas procedentes de las escuelas masoveras y de pequeñas localidades, ofreciéndoles un hogar y educación en un centro completo ubicado en un pueblo de mayor tamaño. Con la implantación de la Ley General de Educación (LGE) en 1970, este proceso de concentración escolar se volvió decisivo e imparable. Muchas de las escuelas que no alcanzaban el mínimo de ocho clases necesario para constituir un centro completo fueron suprimidas, incluso en pleno curso académico.
En las Escuelas-Hogar, tanto docentes como alumnado se embarcaron en una nueva realidad educativa y vital. En un inicio, el Decreto 2240/1965, de 7 de julio, contemplaba un “diploma de Escuela-Hogar” como especialización para el magisterio, que nunca llegó a implantarse. Así, los docentes se encontraron a cargo de “veinte niños, como mínimo, y treinta, como máximo” y con objetivos educativos distintos a los de un centro ordinario, que además abarcaban el desarrollo personal del alumnado. A modo de ejemplo, resulta interesante observar algunos de los objetivos de la programación del curso 1983-84 de la Escuela-Hogar de Cantavieja:
- Establecer una relación de amistad entre educandos y educadores, basada en el mutuo respeto.
- Fomentar la creatividad personal y grupal, permitiendo que los alumnos propongan y realicen actividades.
- Conseguir la autonomía del niño a través de la combinación de autoridad, libertad y responsabilidad.
- Crear hábitos de estudio, orden y limpieza.
- Permitir que los alumnos controlen y administren su dinero, guardándoselo si así lo solicitan.
- Fomentar el espíritu crítico.
- Incentivar el desarrollo de “hobbies”.
- Vivenciar los sentimientos religiosos.
La creación de estas instituciones fue muy bien recibida por la comunidad masovera, que atravesaba un periodo de declive debido a la inminente sangría demográfica y a los nuevos estilos de vida ligados a la industrialización. Para estas familias, las Escuelas-Hogar representaron una oportunidad para seguir habitando la masía y preservar sus ocupaciones sin tener que trasladarse al pueblo. De este modo, sus hijos podían recibir apoyo académico que ellos mismos (a menudo por su limitada alfabetización) no podían ofrecer, evitar los largos desplazamientos diarios hasta la escuela y, al mismo tiempo, tener la posibilidad de socializar con otros niños.
Con los inicios de la democracia, las políticas educativas implantadas por la LGE experimentaron un giro. Las familias, los maestros y maestras y los incipientes partidos políticos comenzaron a organizarse y a reivindicar la reapertura de la escuela en los pueblos. El apoyo de la inspección fue determinante: en sus últimas memorias anuales se consideraban ya las características climatológicas y de comunicación como obstáculos para el traslado de los alumnos a otras localidades; se manifestaban dudas técnico-pedagógicas acerca de los supuestos beneficios de los centros completos; y se advertía que la asistencia continuada a las Escuelas-hogar podía afectar negativamente “a la formación familiar y social” debido a “la separación, en edad muy temprana, del propio ambiente y entorno del niño” (Inspección Técnica Provincial de Educación de Teruel, 1978).
El fracaso de esta política comenzaba a hacerse evidente y, a partir de 1983, con la llegada del Real Decreto 1174/83 de 27 de abril sobre Educación Compensatoria, el ministerio tomó la decisión de retirar las concentraciones escolares y reabrir las pequeñas escuelas. Aunque no se consiguió paliar completamente la desventaja de la escuela rural respecto a la urbana, sí se prestó una atención especial y necesaria a este tipo de educación. En el caso de algunas comunidades autónomas, como Castilla la Macha y Aragón, las Escuelas-Hogar se convirtieron en Centros de Rurales de Innovación Educativa (CRIE), ejemplo de apuesta creativa para mejorar la escuela de los pueblos pequeños. La historia de estas instituciones nos recuerda que las políticas educativas no pueden desligarse de la vida cotidiana de una comunidad, ni de las características del territorio, y que los avances más significativos se producen cuando coinciden la conciencia sobre los propios derechos colectivos, el compromiso de la administración y el empeño de los maestros y maestras.

