Yemo
Del latín fimus; «fem» en valenciano; «fiemo» o «fimo» en Aragón; estiércol en castellano. El yemo es materia orgánica en descomposición formada por una mezcla de excrementos animales mezclada y materia vegetal como la paja de los cereales. Se utiliza como fertilizante en la agricultura. El término se emplea en un territorio caracterizado por el intercambio de personas, productos y palabras que se entremezclaban creando un habla mestiza con orígenes en el valenciano, el aragonés, el castellano y, posiblemente, el morisco, conocida como «churro». Un territorio que algunos llaman de frontera, aunque tal vez sea mejor denominarlo de bisagra. El término yemo se ha dejado de utilizar, al igual que tantos otros ligados a la vida rural tradicional. La decadencia de su uso ha sido paralela a las decadencias de la agricultura, la ganadería y, en particular, el manejo tradicional de los residuos.
En aquel mundo rural que fue, casi todas las casas contaban con un corral, donde convivían animales domésticos (gallinas, conejos, cerdos) que constituían una base importante de la alimentación. Estaban, además, las caballerías, compañeras de los duros trabajos en los campos o en el pinar. Todos los animales defecaban en el corral; también, directa o indirectamente, lo hacían las personas. Asimismo, eran muchas las familias que contaban con un pequeño ganado de ovejas o cabras.
Hasta los años sesenta o setenta del siglo xx, prácticamente no existían basuras como las conocemos hoy, ni se contaba con un sistema público de recogida. La gestión de los residuos (básicamente defecaciones y restos de cosechas) la realizaban las propias familias. Por ello eran tan importantes las prácticas y conocimientos relacionados con el yemo, pues de ellos dependían tanto la salubridad de la casa como la calidad final del yemo para fertilizar la tierra y consecuentemente el éxito de los cultivos.
La agricultura y la ganadería estaban profundamente interrelacionadas: los cultivos proporcionaban alimento a los animales domésticos y a las personas. Las aportaciones de yemo mejoraban la fertilidad de la tierra. En cierto modo, se imitaba el ciclo de la materia de los bosques: «Es el alimento de la tierra; devolver a la tierra, al menos, parte de lo que nos da; suaviza la tierra y la ahueca» se escuchaba a los agricultores. Probablemente no sabían explicar el porqué, pero los conocimientos empíricos (etnosaberes) atestiguaban los beneficios del yemo, que han confirmado los estudios científicos: aporta nutrientes como nitrógeno, fósforo o potasio, mejora la estructura del suelo ayudando a retener la humedad y fomenta la actividad microbiana favoreciendo un suelo vivo.
El yemo se sacaba de los corrales en luna menguante y se trasladaba al «yemero», donde se amontonaba y comenzaba un proceso de fermentación, «cocido», que podía alcanzar 70 ºC de temperatura en el centro del montón. Esta alta temperatura se aprovechaba para «madurar» la madera de carrasca, utilizada para mangos de herramientas, piezas de los aladros o las mirlas del juego de su mismo nombre. Para ello, la madera permanecía en el interior del montón de estiércol durante todo el proceso de fermentación. También en luna menguante se esparcía en los bancales siguiendo criterios tanto temporales como agronómicos. En terreno de secano, con el yemo se iniciaba una rotación de cultivos que duraba varios años hasta una nueva aportación: primer año patatas; seguido de cebada; a partir de aquí, según cada caso, leguminosas, trigo, avena, barbecho, centeno o pipirigallo.
La importancia de la ganadería extensiva y del valor del yemo se constata en los numerosos corrales, ahora en ruinas, que bordean las vías pecuarias de «bajada al Reyno». En los lugares de invernada los propios agricultores locales cedían sus corrales a los ganados trashumantes a cambio de quedarse con el yemo acumulado a lo largo del invierno.
Las grandes transformaciones socioeconómicas que comenzaron en la década de los sesenta del siglo pasado afectaron radicalmente a las actividades agropecuarias. La ganadería evolucionó de extensiva a intensiva, con granjas y criaderos industrializados que hacinan en espacios reducidos gran número de animales. Sus excrementos, que durante cientos de años favorecieron la fertilidad y la renovación de los suelos, se convirtieron en un problema medioambiental de primer orden. Un ejemplo de ello son los purines de las granjas porcinas.
La agricultura apostó por el empleo generalizado de abonos químicos, herbicidas e insecticidas. Ahora sabemos que dichas prácticas han empobrecido el suelo y esquilmado la materia orgánica. Los efectos sobre el medio ambiente pueden llegar a ser catastróficos, con contaminación de manantiales o eutrofización de humedales y ecosistemas costeros, como el Mar Menor.
Frente a este modelo, surgieron desde los años setenta y ochenta pequeños grupos de defensores de lo que luego se ha conocido como agricultura ecológica, que entiende el suelo como un complejo en el que hay vida, necesitado por tanto de materia orgánica; que propugna una agricultura y ganadería que no contaminen las aguas ni empobrezcan los suelos; que reserva un papel al yemo; que quiere producciones saludables y cercanas al consumidor. Técnicos e investigadores han aportado justificaciones científicas a las razones éticas de aquellos agricultores y consumidores que no querían hipotecar el futuro.
Las propuestas de la agroecología o del movimiento de Soberanía Alimentaria aportan claves para buscar soluciones al complejo problema de los residuos agropecuarios. Hay iniciativas esperanzadoras, como plantas de compostaje comunitarias o familiares que recogen y tratan residuos orgánicos para utilizarlos como fertilizantes. La responsabilidad personal y un enfoque global por parte de las administraciones deben combinarse. Queda mucho por hacer y, tal vez, no esté de más aprender de lo que hacía la sociedad rural con el yemo.


