Macho
El diccionario de la Real Academia Española contiene más de una docena de acepciones de macho. La segunda es «mulo, acémila», hito central en la zoología doméstica desde hace al menos 3000 años cuando ya se empleaba en Egipto y se cita en el canto I de la Ilíada. Sin duda, uno de los mayores éxitos de selección genética realizada por los humanos al conseguir un híbrido de burra y caballo o de yegua y burro. Los que provienen de caballo (por ejemplo, el de tiro hispano-bretón) y burra se denominan mulo romo o burrero, burdégano, mula somerina, etc. Son más infrecuentes por su menor resistencia, la mayor duración de la gestación y por los problemas de apareamiento y parto. Pero su gran potencia los hace útiles para faenas de monte como arrastrar troncos. Los más usuales, por su mayor resistencia, son los híbridos de yegua y burro, conocidos como yeguato, mulo yegüero, mula equina, mulo castellano o simplemente mula (si es hembra) y macho o mulo (si es macho).
Los machos son más parcos y resistentes que los caballos, capaces de transportar grandes cargas. En la Serratella fue célebre el mulo blanco de Joaquín Tena, capaz de transportar hasta 200 kg de nieve hasta Alcalà de Xivert. Como animales de labor, machos y caballos han sido dominantes en el territorio valenciano desde el siglo xvi frente a los bueyes. Estos se empleaban por su mayor fuerza en «rompudes» o puestas en cultivo de nuevas tierras, terrenos de montaña y arrozales. A finales de los setenta del siglo xx aún había algunos bueyes en el Alto Palancia. Desde el siglo xviii el predominio del macho es casi total, por su adecuación a la topografía valenciana y a la estructura de propiedad; además, se alimenta con algarrobas, una evidente ventaja ante el secular déficit cerealístico.
El macho ha sido un animal central del medio rural. Había casi siempre uno por explotación al que se cuidaba para que trabajara sin descanso. Arrastraban arados, rulos para aplanar la era o moler la cal, carros, narrias cargadas de piedras para alzar muros, troncos, giraban incansables en las norias y las eras. Transportaban personas, lechones y corderos, cosechas, leña, esparto o espliego recogidos en el monte, nieve almacenada en neveras, harina de los molinos, los pocos enseres de pastores trashumantes y de gancheros. Acompañaban mujeres y hombres en las solitarias jornadas de trabajo: «Un animal fa molta companyia».
Mantener esa cabaña de miles de mulas no era sencillo. Algunas localidades se especializaron en la compraventa de machos. Los tratantes de Vilafranca estaban presentes en los siglos xviii y xix en las ferias más importantes: Sevilla, Medina del Campo, Salàs del Pallars, Santiago de Compostela, Oviedo, Mansilla de las Mulas, Zaragoza; las francesas de Pau, Albi o Toulouse. Sus últimos grandes negocios fueron abastecer al ejército francés durante la I Guerra Mundial. Los beneficios obtenidos explican la singular industrialización textil de Vilafranca. En la segunda década del siglo xx se inició el descenso de la cabaña mular valenciana, que fue muy acusado entre los años cincuenta y los ochenta por el abandono rural y por el inicio de la mecanización. El macho no ha gozado del prestigio cultural del caballo. No ha tenido una segunda vida como animal para el ocio y ha desaparecido en silencio de los paisajes rurales en cuya construcción tanto trabajó.


