Ibérico, sistema
Sistema montañoso orientado de NW a SE que separa la depresión del Ebro y la meseta. Sus dos ramas (la externa o aragonesa y la interna o castellana) penetran en nuestro país formando un dominio de montaña media mediterránea de gran extensión y altitud que abarca desde la Tinença de Benifassà, en el extremo septentrional, hasta la llamada falla sud-valenciana (Xeresa-Barx-Xàtiva-la Font de la Figuera) que sigue el valle de Montesa. Al sur de este comienza el dominio bético.
El sistema ibérico parece querer zambullirse en el Mediterráneo: Espadán interrumpe la llanura cuaternaria en Almenara; es ibérica la Muntanya de les Raboses (Cullera); y las interferencias del ibérico llegan a las sierras de Corbera y de les Agulles o al macizo del Mondúver. Todas las comarcas castellonenses y casi todas las valencianas están surcadas por relieves ibéricos. Algunas son pura montaña: más de 15 localidades se ubican a más de 1.000 m de altitud en Els Ports, l’Alt Maestrat, l’Alcalatén y el Baix Maestrat. Otros 10 pueblos se hallan por encima de 900 m; y 12 superan los 800 m. En la montaña bética la única localidad que supera los 800 m de altitud es Banyeres de Mariola.
El dominio ibérico se caracteriza por su gran variedad de paisajes y ambientes físicos organizados en graderío hacia el mar. Hay áreas intensamente plegadas; otras con predominio de muelas y formas subhorizontales (Els Ports, l’Alt Maestrat, la vasta plataforma del Caroig); hay relieves en «cuesta», como Penyagolosa (1813 m); dominan las litologías de calizas y margas jurásicas o cretácicas; afloran algunos materiales paleozoicos muy antiguos (Espadán, sierras de Borriol y de les Santes, Tuéjar) y triásicos en los que se desarrolló una modesta minería. Los grandes ríos (Millares, Turia, Cabriel y Júcar) se han encajado en los relieves, de modo que solo el valle del Palancia forma un corredor natural.
La historia ha atribuido casi siempre un papel secundario a estas tierras. Algo así como «el país de detrás, el país de arriba»: vasto espacio de poblamiento disperso sobre el que gravitan con fuerza las urbes y los escasos llanos litorales con las huertas, auténtico centro del país. En la conquista de Jaime I la montaña septentrional jugó el papel de antesala para alcanzar el litoral, llave del nuevo reino. Se crearon «marcas» fronterizas mediante donaciones a señores feudales y órdenes del Temple y los Hospitalarios que organizaron el territorio para su explotación ganadera. La disolución de ambas órdenes y el traspaso de sus bienes a la de Montesa (1317) no cambió el rumbo, pero la orientación lanera comercial entró en crisis a partir del siglo xv sin haber dejado unas bases sólidas. La ganadería continuó, no obstante, siendo relevante por su adaptación a los recursos del medio, con grandes rebaños trashumantes que han legado un valioso patrimonio de vías pecuarias, corrales y abrevaderos, entre otros elementos.
A finales del siglo xviii, Cavanilles consigna centenares de telares en Els Ports y en otras comarcas. Algunas de estas áreas devienen en islotes industriales más tarde. En Enguera se fundó el Vapor San Jaime (1865). En Morella se crea una auténtica colonia de río junto al Bergantes, la Fábrica Giner, con máquinas de vapor en 1870 pero cerrada en 1926. Solo se consolidó la industria textil de Vilafranca gracias a los beneficios de la trata de ganados, ya en el tránsito al siglo xx. El balance de la ganadería fue su gran impronta paisajística y una serie de pequeñas instalaciones textiles que no acumularon suficiente capital para una industrialización sólida, tal como ocurrió en las montañas béticas de l’Alcoià, el Comtat y la Vall d’Albaida.
Tampoco la agricultura ofreció una vía de desarrollo. Los condicionantes físicos no son pocos: malos suelos, pendientes, dureza del clima. En ciertos periodos se ha exportado bastante trigo, pero sin que pudiera constituir una vía real de acumulación de capital. Los cereales han sido siempre un cultivo-refugio, por su capacidad de sostener una estrategia de subsistencia: autoconsumo y una mínima comercialización.
El poblamiento disperso es una de las características de todo el dominio ibérico y especialmente al norte de Espadán. La masía o «mas» constituye el modelo de ocupación en un territorio tan extenso y montañoso. A veces se agrupan en «masadas» o aldeas; su abundancia exige circunscripciones tradicionales inferiores al municipio, como «les denes» de Morella o Ares. Las masías eran el escenario vital de los masoveros, grupo de gran protagonismo en el modelado humano de los paisajes. Había miles de masías en toda el área; de Culla se dice que contaba con una por cada día del año. Agustí Hernández ha resumido el empeño de los «masos» en su poemario Collites.
Masover,
l’aladre, la rella i el forcat com a eines,
has fet una antologia que ningú publicarà mai,
el tractat de la terra a pas de cavall,
la lentitud feta potes, cua i arnés.
Has dut al món, criat i vestit aqueix bancal
que un dia duia per nom mola, i l’altre
es va anomenar arbrada o surera.
La demografía ofrece claves interesantes. La expulsión de 1609 golpeó ciertas comarcas por sus altos porcentajes de población morisca: el Alto Palancia más del 30 %; el Alto Mijares superaba el 50 % y el Valle de Cofrentes-Ayora ¡el 70 %! A partir del siglo xviii todo el Ibérico experimenta un crecimiento de la población debido al aumento de hijos por familia. Hay por tanto una fuerte presión sobre el territorio. Además, se extiende la partición igualitaria de tradición castellana frente a la herencia preferencial aragonesa-catalana. Comienza así el empobrecimiento y fragmentación de las masías; algunas de nueva creación se emplazaron en espacios totalmente marginales.
En el siglo xix llega el auge de la vid como cultivo comercial; pero solo en la comarca de Requena-Utiel ha sido motor de transformación. Su incorporación a la provincia de Valencia (1851) tuvo mucho que ver con las necesidades comerciales del vino. En áreas de menor altitud del Camp de Túria, Alto Palancia o La Plana, la vid también se generalizó y transformó los paisajes. En el Ibérico tuvieron gran virulencia las guerras carlistas, un complejo conflicto a la vez político y social relacionado con la disolución del Antiguo Régimen y la creación del estado burgués. Una de las consecuencias del proceso desamortizador fue la pérdida de tierras y de usos comunales que formaban parte del inestable equilibrio socioeconómico del mundo rural. El trazado de los ferrocarriles y de las carreteras tampoco ayudó a generar alternativas.
En las primeras décadas del siglo xx se alcanzan los máximos de población que, en muchos casos, solo podían sostenerse por una autoexplotación y unas duras condiciones de vida que, a medio plazo, eran insostenibles. Tras la Guerra Civil Española las ásperas montañas ibéricas fueron el teatro de operaciones de la Agrupación Guerrillera de Levante y Aragón, la más activa de maquis. La durísima represión, con medidas como el desalojo de las masías, supuso otro punto de inflexión. El País Valenciano ha crecido con dos gradientes fundamentales: de norte a sur y del interior al litoral. Ambos han marginalizado el dominio Ibérico. El resultado global fue el éxodo rural en los años sesenta, con escalofriantes porcentajes de pérdida de población: el Alto Mijares 61 %; el Rincón de Ademuz 49,9 %; Els Ports 46,3 %; La Serrania 31 %; l’Alt Maestrat 29 %; el Valle de Cofrentes-Ayora 28,2 %. Después parece que todo cabe en la montaña ibérica: embalses, canteras, una central nuclear, aerogeneradores, líneas de alta tensión, grandes parques solares, etc. Pero estos sobrecogedores paisajes repletos de patrimonio natural y cultural han sido trabajosamente alzados por generaciones de valencianas y valencianos. Ahora mismo son el horizonte diario de muchas personas, su raíz y, ¿por qué no?, también su futuro.


