Era
Palabra que puede hacer referencia a una medida de tiempo, un trozo de tierra de cultivo de regadío o la conjugación del verbo ser en pasado. También es el espacio de tierra limpia y firme donde se trillan las mieses. De este último significado es de lo que trata este escrito.
Las eras, acompañadas de una línea de pajares en lo alto del pueblo, respiran hoy soledad y deterioro. Sin embargo, apenas dos generaciones atrás, durante los meses de julio y agosto, las eras concentraban la actividad principal del pueblo. Un ir y venir de gente, un ejemplo de laboriosidad en el que participaban todos los miembros de la familia: mujeres y hombres, niños y niñas, abuelos y abuelas. No era para menos, se trataba de la última fase del ciclo anual del cereal, cuando se recogía la cosecha. Esta aseguraba, con suerte, gran parte de la alimentación de personas y animales domésticos durante todo el año, hasta la siguiente cosecha.
Hay recuerdos que quedan grabados para siempre en quienes los vivimos. El de la trilla y su significado es uno de ellos. También lo que la abuela contaba al nieto o a la nieta mientras observaban uno de los hormigueros cercanos a la era. Las hormigas, en líneas interminables, transportando cargas más grandes que ellas mismas, entraban por la boca del hormiguero. «Nosotros hacemos lo mismo», solían decir. «Si en verano no guardamos comida para el invierno no tendremos qué comer». Una lección posiblemente ya transmitida desde las sociedades recolectoras y los primeros grupos de personas agricultoras.
El suelo de las eras, plano y circular, podía ser de losas de piedra o de tierra pisada. En el caso de mi pueblo y colindantes eran de arcilla y estaban tapadas todo el año con paja o fosca de los pinos para protegerlas. Cuando iba a comenzar la trilla, se destapaban, y era común que se humedecieran todos los días para que no se soltara tierra ni se abrieran grietas.
Las jornadas de la trilla posiblemente eran las más largas del año, días de mucho «navego» que comenzaban al despuntar el día con los carros acarreando el cereal desde los campos a la era y terminaban, a veces ya de noche, subiendo las talegas de trigo hasta los graneros en la parte alta de las casas.
Por la mañana, cuando el sol ya estaba tendido y la paja comenzaba a estar «aspra», se esparcía la mies sobre la era creando un círculo sobre el que comenzaba a dar vueltas un trillo tirado por caballerías que, giro tras giro, iba cortando la paja con sus lascas de sílex.
A primera hora de la tarde, ya molida la parva, comenzaba el aventado con la llegada de la «mareta», el aire suave que subía desde el mar. Con orcas, pala y cribas, las manos adiestradas separaban el grano de la paja hasta dejarlo limpio, listo para meterlo en las talegas de lienzo.
Cuando el sol ya vencía a poniente, era el momento de un paréntesis en el ajetreo del día. La merienda congregaba a la familia y a personas de las eras vecinas. Sentados encima de las talegas, probaban el «pingano», engajado o algunas pastas con el barral de mistela corriendo. Por un momento, la era dejaba de ser un espacio de esfuerzo y trabajo para convertirse en un lugar de encuentro y alegría, de satisfacción por el fruto conseguido, preludio de las próximas fiestas de septiembre.
Aquellos granos de trigo eran el pan del año, el alimento de los animales, la garantía de supervivencia. Por eso, tras tantos meses de esfuerzo, la recogida de la cosecha se vivía con una emoción profunda, difícil de transmitir hoy, pero imposible de olvidar.


